Sobre la educación de los hijos. Arcadi Espada

Hace 30 años Suecia decidió ilegalizar la zurra e instruyó a los padres para que se deshabituaran de la práctica. En pocos años la violencia adolescente aumentó de modo considerable. No atribuiré una relación de causa/efecto a las dos decisiones porque no me parece probada. Si las pongo juntas es porque hay quien atribuye a la zurra la fabricación de adolescentes vándalos, con pruebas que aún me parecen más inconsistentes.

Respecto a la conducta de los adolescentes lo más sensato y científico que he leído nunca son las tesis de la eminentísima Rich Harris que atribuye a los genes y al grupo de iguales (los amigos, para abreviar) la conducta y que relativiza la importancia de la educación. Aunque contraintuitivos, sus argumentos son sólidos y me hacen ser escéptico ante el valor educativo que tengan una zurra o una parábola socialdemócrata. Por tanto hay que matizar la utilidad de los cachetes que Giovanni Colasante le propinó a su hijo y que le han costado unas cuantas noches de calabozo sueco. No creo que la zurra ni su ausencia sirvan a la pedagogía. Pero eso no quiere decir que no sirvan al orden.

Parece que cuando una casa se llena de hijos cualquier actitud o gesto debe servir a su educación. Se produce así esa puerilización de la vida que consiste en que el sol paterno gire permanentemente en torno de la tierra infantil. La primera vez que llevé a mis dos gemelas al pediatra aquel hombre quiso instruirme: «Son dos personas y si una quiere comer a las 3 de la madrugada y otra a las 5 deberá respetarlo.» Lo miré fuertemente y le dije que la primera condición para que las gemelas comiesen es que sus padres sobrevivieran a la crianza. Y el rancho se sirvió siempre a una hora.

La pedagogía es un estupendo asunto, quién puede dudarlo. Pero a veces hay que tomar decisiones. Puede que antipedagógicas, pero imprescindibles para continuar con vida, y así poder seguir siendo pedagógicos. Entre ellas la de coger por los pedúnculos al niñito que se ha parado, exactamente, como un burro en medio de la calle y llevarlo por la fuerza, exactamente, al restaurante. Se trata, sin duda, de un momento desagradable. De una doble humillación de egos. Del hijo, reducido por la fuerza, y del padre, que ha tenido que acudir a la fuerza. Cualquier sociedad justa aplica la fuerza cuando se quiebra la ley. Una fuerza proporcionada. Pero justificada por algo que todo tipo de suecos se niegan a reconocer: no siempre un niño es inocente.


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