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Independent Scholar
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Figure Study
In Preservation Of The Union

El canal del fin del mundo

Fernando Díaz Villanueva.



En 1926 se publicó en Londres un revelador libro sobre las condiciones inhumanas de vida que imperaban en los campos soviéticos de trabajo esclavo. Su autor era un antiguo oficial del ejército blanco llamado Soserko Malsagov que había conseguido escapar del campo de las Solovki. El libro, que llevaba por título An island hell, era un sobrecogedor relato sobre los excesos penitenciarios del bolchevismo que acababa de instalarse en el poder.
El testimonio de Malsagov caló hondo entre buena parte de la opinión pública. A los industriales británicos, sin embargo, no les conmovía tanto la infamia de los campos como el hecho de que Stalin los estuviese utilizando para ganar una ventaja competitiva en el mercado mundial. La URSS, que acababa de salir de dos devastadoras guerras, estaba necesitada de divisas, sobre las que pudiese asentarse y prosperar su despótico Gobierno. A falta de mejores productos, vendían lo que tenían a mano, básicamente madera, muy abundante en Rusia, casi tanto como la mano de obra forzada con la que los planificadores contaban para talar los interminables bosques de Siberia.

Se extendió entonces por Europa y Estados Unidos la idea de promover un boicot a los productos rusos por razones humanitarias. En América la iniciativa pronto se vio bendecida por el éxito. En 1930 el Congreso aprobó una ley que impedía la importación de mercaderías provenientes de la Unión Soviética que hubiesen sido producidas por presos condenados a trabajos forzados. Estados Unidos era el primer importador de madera del mundo, por lo que aquel incordioso boicot suponía un importante perjuicio económico para las arcas del Kremlin.
Stalin, muy sensible a las campañas de propaganda adversa, 
ordenó que todos los presos políticos abandonasen de inmediato las explotaciones forestales. Para demostrar al mundo su buena voluntad, organizó una expedición de periodistas occidentales para que lo comprobasen in situ. Y era cierto, los presos –al menos los políticos– ya no estaban allí. Habían desaparecido por completo. ¿Acaso al ogro georgiano se le había reblandecido el corazón y los había liberado?

No, nada de eso. Una vez recuperado el crédito internacional, el Padrecito de los Pueblos concibió un proyecto colosal, digno de un faraón egipcio, que le devolviese la buena prensa de la que disfrutaba sólo unos años antes. El pueblo soviético, es decir, él mismo, iba a hacer realidad un sueño centenario: unir el mar Báltico a la altura de Leningrado con el mar Blanco, un apéndice del océano Ártico donde se encontraba el activo puerto de Arjangelsk.

Era una obra realmente titánica. Entre los dos mares había más de 200 kilómetros de puro granito en varios niveles, lo que obligaría a construir multitud de esclusas. A los inconvenientes geológicos se sumaban los climáticos: la región donde habría de excavarse el canal, la Carelia rusa, es uno de los lugares más fríos y desapacibles del globo. Para colmo de males, no había ciudades en la zona. Todo se tendría que llevar desde fuera, empezando por los trabajadores.

Y hasta allí fueron a parar los esclavos de los bosques y los llamados "desterrados especiales", una categoría de presos políticos cuyo inevitable final era morir trabajando para la revolución.

En total, unos 170.000 hombres fueron trasladados hasta la taiga de Carelia. Una vez allí tuvieron que levantar con sus propias manos casas de madera para guarecerse y construir los caminos por donde transitarían las carretas con el material de la obra. Porque el canal del Mar Blanco, que poco después de ser anunciado ya llenaba las páginas de los periódicos de todo el mundo, habría de hacerse de un modo casi artesanal, sin recurrir a los avances de la ingeniería moderna. Esto era así porque la flamante Rusia soviética, envidia y referente de la izquierda mundial, estaba en bancarrota. En cambio, disponía de una reserva de mano de obra prácticamente inagotable. Pero eso en Occidente no se sabía... o no se quería saber.

La magnitud del proyecto, lo inadecuado del lugar y la precariedad de medios indicaban que el canal del mar Blanco o Belomorkanal tardaría una década en concluirse. No era esa la idea de Stalin, que pretendía dar una lección sobre lo que era capaz de conseguir el denostado bolchevismo. En un discurso anunció al mundo que se concluiría en sólo 21 meses. Menos de dos años en los que una taiga granítica salteada por lagos y pantanos se convertiría en el canal más moderno del mundo. Eso implicaba asumir muertes, muchas más de lo que era habitual en los campos de trabajo ordinarios.

Al final terminó siendo una auténtica matanza: aproximadamente 100.000 obreros perecieron durante su construcción. La mayor parte, de frío y hambre; otros, de agotamiento, por accidentes laborales o por enfermedades como el escorbuto, que arrasó buena parte de los campamentos durante el invierno de 1932. No importaba demasiado. Los cadáveres se enterraban y pronto había un sustituto recién llegado que se hacía cargo de un trabajo que trituraba a cualquiera. Debido a la falta de medios, la excavación se hacía a pico y pala, los escombros se retiraban en carretillas de madera y los bosques se talaban con simples serruchos de mala calidad.

Los ingenieros no pasaban hambre ni privaciones, pero vivían con el miedo metido en el cuerpo. Tenían orden de que el canal estuviese operativo y abierto al tráfico en el verano de 1933. Si no lo terminaban para esa fecha su vida pasaría a no valer nada. Impelidos por la necesidad, introdujeron elementos del odiado capitalismo para aumentar la productividad. El que más trabajase comería más y mejor. En los comedores se colocaron carteles encima de las mesas de los más productivos que decían: "Para los mejores trabajadores, la mejor comida". Los que no llegaban a las cuotas marcadas se sentaban en mesas sobre las que pendía un amenazador cartel: "Aquí comen la peor comida: los refractarios, los haraganes y los vagos".

Muchos, por una simple cuestión de edad, iban desde la mesa de los vagosdirectos al hoyo, porque el trabajo era tan exigente que la supervivencia dependía en gran medida de las calorías que se ingiriesen a diario. Muchos morían desnutridos en la misma obra o sucumbían ante la más leve enfermedad por tener el sistema inmunológico devastado, por la suciedad en los barracones o por los malos tratos de los capataces. Pero el individuo no era importante, sino la inquebrantable voluntad del líder.

Conforme avanzaban las obras, la campaña propagandística se intensificó. Una vez terminado, el canal iba a llevar el nombre del mismo Stalin. Los intelectuales del régimen, dirigidos todavía por Maxim Gorki, se volcaron con el proyecto sin escatimar alabanzas y parabienes poéticos que abundaban en la dicha del socialismo y la redención mediante el trabajo. Para que todos los rusos recordasen nítidamente esta obra fundacional del espíritu soviético se lanzó una marca de cigarrillos llamada Belomorkanal, que emponzoñó los pulmones de varias generaciones de rusos... y que aún hoy sigue existiendo.

El canal del mar Blanco fue terminado en el plazo impuesto por Stalin, que lo inauguró con gran pompa en agosto de 1933. Se había hecho deprisa y mal, pero eso era lo de menos. El imperio soviético podía sacar pecho ante el mundo, mostrar los poderes de una revolución para la que no había desafíos imposibles. Pocos sabían que, debido a la tecnología empleada, el canal sólo calaba tres metros y medio, lo que imposibilitaba que buques de gran tonelaje lo transitasen. Por su latitud extrema, de octubre a mayo permanecería cerrado a causa del congelamiento de sus aguas. Los acorazados de la flota del Báltico y los grandes mercantes no podrían internarse en él, por lo que tendrían que seguir circunnavegando Escandinavia para ir de Leningrado al Ártico.

La propaganda soviética y los siempre solícitos repetidores de consignas con los que contaba en Occidente lo vendieron como uno de los grandes logros de la humanidad, pero lo cierto es que el canal servía de bien poco. Durante mucho tiempo se pensó que sus defectos técnicos se debían a errores de planificación y a la premura con la que se construyó, pero no, el desdichado canal del fin del mundo nunca se hizo para ser navegado. La lógica soviética no era esa, sino la del trabajo esclavo y la propaganda como genuinos pilares de la sociedad. Pocas veces se vio tan claro como en ese inmenso cementerio travestido de canal del que ya nadie se acuerda.

¿Cuál es ahora mismo la inversión más rentable de España?

Juan Ramón Rallo.



Y cuando digo "España", me estoy refiriendo a cualquier país que esté atravesando una crisis económica derivada de, por un lado, un exceso de endeudamiento (público o privado) y, por otro, de una acumulación de planes empresariales equivocados. Toda sociedad que se encuentre en esta coyuntura sólo será capaz de salir definitivamente de la crisis cuando, primero, haya amortizado parte de su excesiva deuda (sobre todo la dedicada a financiar proyectos no rentables) y, segundo, haya reajustado parte de su aparato productivo desde negocios que hayan dejado de generar valor a otros que pasen a hacerlo. Es decir, la superación de la depresión pasa por incrementar el volumen de ahorro en una comunidad, ya sea para reducir su endeudamiento o para financiar nuevas inversiones.
Sin embargo, la mayoría de la gente sólo quiere oír hablar de "nuevas inversiones", pues al parecer esto es lo que se traduce inmediatamente en puestos de trabajo. Por ello, cuando uno exhorta al ahorro tanto del sector público como del sector privado, inmediatamente debe responder a la pregunta ¿ahorrar para invertir dónde? Si en un país no existen oportunidades de inversión, promover la austeridad parece suicida: dejamos de gastar en unas partes de la economía sin proceder a hacerlo en otras.
En este punto, sin embargo, conviene regresar a los principios más elementales de la Economía. Un individuo, una empresa o un Estado son capaces de generar riqueza mediante el endeudamiento si la tasa de rentabilidad de su inversión es superior al tipo de interés que han de abonar por la deuda. Por ejemplo, si una compañía emite un bono por el que pagará durante una década un tipo de interés del 5%, deberá buscar proyectos de inversión cuya rentabilidad media sea, al menos, de un 5% al año.
Recordemos que el tipo de interés que exigen los prestamistas no es más que la compensación por retrasar la satisfacción de sus necesidades y por arriesgarse a no recuperar su capital: por tanto, si la inversión es incapaz de generar unos bienes o servicios futuros con el suficiente valor como para hacer frente a los pagos de intereses, más les valdría, tanto al deudor como al acreedor, que ese proyecto no se hubiera iniciado nunca. Al acreedor, porque no ha obtenido los intereses mínimos que le compensaban ahorrar a tan largo plazo y asumir tantos riesgos; al deudor, porque se descapitaliza pagando unos intereses superiores a los rendimientos que genera su inversión.
Así las cosas, la mejor inversión que puede acometer una persona, una empresa o un Estado que dilapide su capital en proyectos con una tasa de rentabilidad inferior al tipo de interés que debe abonar por la deuda es... dejar de endeudarse. Por ejemplo, si un Gobierno pide prestado dinero al 5% y no es capaz de invertirlo a más del 1% (porque no existen proyectos con mayor rentabilidad dentro de esa economía o porque él no los conoce), ese Gobierno estará experimentando unas pérdidas del -4%. ¿Cuál sería su inversión más rentable? Dejar de endeudarse paralizando la inversión improductiva que lastra sus finanzas y que sufraga con tipos de interés excesivos: de ese modo lograría unas ganancias del 4%, muy superiores a cualquier otro proyecto de esa economía.
Por ejemplo, la deuda pública española a 10 años cotizó en 2011 a unos tipos de interés de entre el 5% y el 6%. ¿Conocen usted alguna otra inversión productiva que pueda realizarse a gran escala en España y que proporcione una rentabilidad anual segura de entre el 5% y el 6%? Yo no, salvo el muy rentable ejercicio de la austeridad. Precisamente, una de las mejores inversiones que podría haber realizado nuestro Gobierno es no haber gastado y no haberse endeudado tanto como lo hizo: los frutos de esa decisión se traducirían a partir de 2012 en un ahorro de entre 4.000 y 5.000 millones de euros en concepto de intereses; algo así como el doble de beneficios que obtuvo una multinacional como Repsol. Nada mal.
Lo mismo sucede con los agentes que se hayan endeudado en exceso para ejecutar inversiones improductivas y que, por consiguiente, están condenados a pagar tipos de interés muy altos por esos pasivos. Aunque esas personas o empresas no conozcan de ningún nuevo proyecto empresarial rompedor, sí tienen a su alcance un uso muy rentable de sus ahorros: reducir anticipadamente sus deudas evitándose así el pago de intereses futuros.
Por supuesto, los habrá que consideren que la rentabilidad del gasto público debería medirse no por la rentabilidad directa del proyecto del sector público, sino por sus efectos multiplicadores sobre la rentabilidad de otros negocios en el sector privado. Verbigracia: el Plan E podría haber sido una ruina absoluta, pero, al hacer circular el dinero, quizá contribuyó indirectamente a generar riqueza en otras zonas de la economía que compensaran los pagos de intereses de la deuda. Quienes así razonan no se dan cuenta de que "hacer circular el dinero" mediante el déficit público equivale a obligar forzosamente a toda la sociedad a que se endeude todavía más de lo que ya lo está (tanto a quienes saben qué uso hacer de ese endeudamiento como a quienes no saben qué uso hacer de él), y la obliga a endeudarse a un coste carísimo: con tal de que el crédito llegue a la ciudadanía, el Gobierno lo despilfarra en un primer momento. Sería mucho más razonable y efectivo que aquellas personas que lo deseen y que observen auténticas oportunidades de inversión demanden directamente el crédito, en lugar de distribuirlo aleatoriamente por la puerta de atrás después de haberlo dilapidado en proyectos no rentables. Claro que facilitar que el crédito fluya sólo a donde tiene que fluir obligaría a reconocer que lo que necesitamos, antes que nada, es ahorrar y sanear nuestra situación financiera para que los bancos vuelvan a tener capacidad de prestar y, sobre todo, para que los demandantes de crédito vuelvan a ser solventes y deudores confiables.
En definitiva, no es verdad que en una economía hiperendeudada y con el tejido productivo desestructurado no existan usos rentables que justifiquen la restricción de los gastos y el incremento del ahorro: el no seguir endeudándonos o el amortizar nuestras deudas pasadas es una inversión que puede llegar a ser tremendamente rentable en ciertas coyunturas. 

Ciencia de la nostalgia

Arcadi Espada.



  Querido J:
Hace un par de semanas volví a pasar por la experiencia, a través de dos hechos distintos pero que evocaban el mismo tiempo perdido. El primero fue el proyecto del cineasta Iñaki Arteta de rodar una película sobre la peor época de la democracia española frente al terrorismo de ETA, aquel 1980, donde mataban a un hombre cada sesenta horas. El segundo, la ritual evocación(aunque más moderada este año, de número puntiagudo: se ha cumplido el 31 aniversario) del intento de golpe de Estado del 23 de febrero. A medida que esos años van alejándose de mis años se hace cada vez más patente el estallido de una bomba de neutrones sentimental que se lleva la mugre, la fealdad y los malos recuerdos de entonces para dejar un paisaje dorado, armónico y de un considerable poder de seducción. Verás hasta qué punto llegan la bomba y sus efectos, si te confieso que me descubrí embobado sobre la fotografía que reproducía este periódico donde te echo las cartas, y que mostraba a su director en el momento que la autoridad, militar, por supuesto, lo expulsaba del juicio de Campamento: guapo y frágil, pensé, o sea que te insisto sobre la potencia de la explosión.
Obviamente, la experiencia en sí nada tiene de singular; forma parte de la conciencia más elemental de los hombres y ha ido dejando marcas en la lengua: los buenos viejos tiempos y la certeza refranera de que cualquier tiempo pasado mejor. Un asunto interesante y algo más específico es el avance gradual de los neutrones sentimentales sobre el territorio del pasado. Hace años el poeta Pere Gimferrer, en una agradable conversación sobre la literatura y la vida, daba ya casi por personalmente amortizada la luz complaciente de su memoria sobre el territorio de los años sesenta, mientras me subrayaba que los setenta pata de elefante empezaban a situarse bajo su foco meloso. Aunque no lo explicitó era evidente que eso significaba que aquellos años empezaban a estar dispuestos para que la literatura, tal vez liberada de la crónica, empezara a extender su dominio. La literatura, y en especial la ficción, parece ser la beneficiada principal de este indeleble rasgo humano, que ha utilizado de todas las maneras posibles. Incluidas las puramente ridículas, como esa Midnight in Paris, cuyo guión acaba de recibir un Oscar. Una discusión pendiente es si esa característica de la mirada retrospectiva, al margen de las emociones que procura, ha aportado conocimiento sobre los hechos del pasado y sobre el propio sujeto que los evoca. Pero ahora no me interesaba la discusión literata, sino la propia materialización del fenómeno. Amígdalas, lóbulos prefrontales, cortezas cinguladas, ¡la nueva poesía de la experiencia!
Una de las características de la búsqueda intelectual en nuestro tiempo es que las expectativas siempre se ven colmadas. A los pocos pasos de empezar la búsqueda ya me había topado en la red con una ciencia de la nostalgia, en la que trabajaban médicos, psicólogos, neurocientíficos. Descubrí que un Petr Janata estaba especializado en una investigación sobre la música y los recuerdos: al parecer hay un región cerebral que entrelaza específicamente la banda sonora con los hechos de nuestra vida. Como mediante ese entrelazamiento la música permite ver caras, y como además esa región es una de las últimas que resultan afectadas por la pisada del monstruo del Alzheimer, el doctor Janata sugiere que a las terapias convencionales contra la enfermedad se añadan reproductores mp3. Leí también que la doctora Laura Carstensen, de Stanford, se había especializado en el llamado positivity bias,que explica por qué los ancianos eligen, en sus recuerdos pero también en sus experiencias presentes, los hechos amables. Esto me interesaba específicamente. No pude localizar a la doctora Carstensen, pero sí a un colega de Duke, el doctor Roberto Cabeza, que conoce bien sus estudios y ha añadido algunos propios en un sentido parecido. Le pregunté a Cabeza si podía verse la explosión cerebral de los neutrones sentimentales:
—Lo que hemos encontrado, a medida que las personas envejecen, es un incremento de las conexiones funcionales entre la amígdala, asociada a las emociones, y el lóbulo frontal, que se asocia al control de los fenómenos cognitivos. Esto concuerda con las ideas de la doctora Carstensen de que los ancianos usan procesos de control para evitar las emociones negativas.
Es decir, que el lóbulo frontal filtra las emociones negativas de la amígdala, dejando el recuerdo bañado de la luz característica de las películas del cineasta Garci. Un fenómeno de protección, de pura estrategia de supervivencia, como era de esperar. Lo sorprendente, según el doctor Cabeza, es que no es asunto solo de viejo:
—Estudios con personas más jóvenes, afectadas real o imaginariamente por enfermedades fatales, sugieren unas interacciones similares entre la amígdala y el lóbulo frontal.
Es interesante pensar que sobre esa aduana emocional se haya escrito buena parte de la historia de la literatura. Más inquietante es que no se trate solo de la literatura. El pasado áureo, convertido en emoción colectiva, está enquistado en las ideologías más dañinas, singularmente en el nazismo, y ni que decir tiene que cualquier forma de nacionalismo se funda en ese territorio mítico. Y también tiene una derivación más inesperada, como la que atañe a la llamada memoria histórica. El periodista David Rieff, muy conocido por haber escrito una crónica sobre la muerte de su madre Susan Sontag, es el autor deAgainst Remembrance, un librito que no ha sido traducido al castellano y del que solo tengo noticias indirectas a través de dos comentarios, uno de Fernando Savater, en El País, y otro de Sebastiaan Faber en FronteraD. Pero bastan esas noticias para lo que ahora me interesa. Este párrafo concreto de Savater, que explica uno de los rasgos de la crítica a la memoria histórica que hace Rieff: «La historia no es un menú del que se pueden incluir los platos sabrosos y excluir los indigestos, pero la memoria colectiva selecciona, sacraliza y mitifica de acuerdo con el narcisismo del grupo y sus ambiciones del momento.» Es tentador observar en ese movimiento del grupo el mismo mecanismo que actúa en la memoria individual. Y concluir que como en el caso del hombre individual las naciones, los partidos políticos y cualquier otro músculo colectivo acuden a él también para sobrevivir.
Sigue con salud
A.
(El Mundo, 3 de marzo de 2012)

La Oreja de Van Gogh - Jueves

Homenaje a las víctimas del 11-M.