Víctimas, 18 de abril: José Verdú Ortiz y Vicente Beti Montesinos

Libertad Digital.



El 18 de abril de 1984 fallece, doce días después de ser tiroteado en Galdácano (Vizcaya), el policía nacional JOSÉ VERDÚ ORTIZ. Pasadas las once de la noche del 6 de abril de 1984, dos pistoleros de la banda terrorista ETA herían de gravedad a José que, vestido de paisano, se disponía a entrar en su domicilio de la calle Guipúzcoa de la localidad vizcaína. El agente, que se percató de la presencia de los dos terroristas, consiguió sacar la pistola de su cinturón para intentar repeler la agresión, pero no pudo evitar recibir dos impactos de bala en la cabeza.
Según testigos presenciales, un hombre y una mujer le dispararon dos ráfagas -una corta y otra larga- y se dieron a la fuga en un Renault 5 robado, en dirección al barrio de Andra Mari de Galdácano. En la declaración que el propietario del vehículo robado realizó en comisaría, aseguró que había sido abordado por un hombre y una mujer, que le conminaron a dirigirse a una urbanización ubicada en las afueras de Galdácano. Ahí lo dejaron atado a un árbol.
En el lugar donde se produjo el atentado se encontraron seis casquillos, tres de ellos de la marca FN, una munición habitualmente empleada por la banda terrorista ETA.
Enseguida acudieron al lugar de los hechos ambulancias de la Cruz Roja y vehículos de la Policía Nacional. El agente fue trasladado a la Clínica de la Virgen Blanca, donde le hicieron las primeras curas, pero a la vista de la gravedad de su estado, decidieron llevarle al Hospital de Basurto. A primeras horas del día siguiente, 7 de abril, fue intervenido quirúrgicamente. Tras la operación, su estado fue calificado de "muy grave". Se le practicó una traqueotomía y se mantuvo entre la vida y la muerte hasta que, finalmente, se produjo su fallecimiento el 18 de abril.
José Verdú Ortiz tenía 31 años y era natural de Alicante. Llevaba destinado en el País Vasco desde septiembre de 1983. Estaba casado y tenía dos hijos
Diez años después, en torno a la una y veinte de la tarde del 18 de abril de 1994, la banda terrorista ETA atacó con tres granadas el edificio del Gobierno Militar de Barcelona. Las dos primeras estallaron contra el lateral del edificio, sin causar heridos. La tercera se desvió de su trayectoria al chocar contra una señal de aparcamiento, evitando que impactase de nuevo contra la fachada, y mató a VICENTE BETI MONTESINOS, un transeúnte que pasaba por ahí, además de herir a otras seis personas. Una cuarta granada no llegó a activarse.
Los empleados que se encontraban trabajando en los despachos del edificio del Puerto Autónomo de Barcelona pudieron primero oír las dos primeras granadas, y después ver la tercera. Al oír el primer impacto los empleados se asomaron a la ventana. Desde sus despachos pudieron ver el agujero que las granadas habían dejado entre dos ventanas del primer piso del Gobierno Militar. Abajo, en la calle, ya había algunos heridos en el suelo y otros que corrían intentando escapar de aquella trampa. Cuando apenas habían transcurrido unos segundos, una tercera carga explosiva daba de lleno contra un cartel metálico y tumbaba en el suelo a un motorista que circulaba por el Paseo de Colón en dirección a las Ramblas. La metralla de este tercer proyectil es la que causo la muerte del transeúnte Vicente Beti Montesinos, que falleció en el quirófano del Hospital del Mar mientras era intervenido quirúrgicamente.
Además, los terroristas dejaron el vehículo utilizado para cometer el atentado cargado de explosivos. El coche estalló cuando agentes de los Tedax se disponían a inspeccionarlo. Esta explosión, sin embargo, no causó más víctimas.
Las explosiones de las tres granadas y el coche de los terroristas provocaron escenas de pánico en pleno centro de Barcelona. El presidente del Puerto Autónomo, Josep Muné, fue un testigo más del brutal atentado ocurrido en una de las zonas más concurridas por el turismo en la capital catalana. Muné reconoció que el párking del Puerto Autónomo estaba sometido a vigilancia, aunque en esta ocasión algo había fallado porque varios kilos de explosivo se habían "colado" por la puerta grande.
Toda la zona, repleta de edificios oficiales, fue desalojada rápidamente y sólo se permitió el acceso a las ambulancias que trasladaron a los heridos hasta el Hospital del Mar y el Centro Quirúrgico Perecamps, cercanos al lugar de los hechos. Consecuencia del atentado sufrieron heridas de diversa consideración María Eugenia Bella EsparzaDaniel Sánchez CristinoAntonio Pérez JiménezManuel Hernández PascualJorge Rosa Mendieta y Juan Francisco Cortina Martínez, todos ellos civiles.
En varios fallos judiciales de la Audiencia Nacional se recoge cómo cuatro miembros del grupo Barcelona de ETA tenían como objetivo destruir parte del edificio de la sede del Gobierno Militar de Barcelona y causar el mayor número posible de daños personales. Para llevar a cabo el atentado, los etarras robaron el día previo un coche en Barcelona, al que sustituyeron la matrícula por una falsa, y colocaron en su baca cuatro tubos lanzagranadas y un artefacto explosivo en el maletero. El día 18 de abril, por la mañana, se dirigieron al puerto de Barcelona y aparcaron el vehículo con los tubos orientados hacia el edificio oficial. Seguidamente activaron un temporizador y se marcharon del lugar. Además de la muerte de Vicente y las heridas a otras seis personas, la explosión provocó cuantiosos daños materiales.
En 1996 fueron condenados a sendas penas de 154 años Felipe San Epifanio San Pedro y Rosario Ezquerra Pérez de Nanclares. En 2007 fue condenado a la misma pena Gregorio Vicario Setién. Supuestamente hay un etarra pendiente de juicio, tal y como se recoge en el relato de los hechos de los distintos fallos judiciales.
Vicente Beti Montesinos tenía 43 años, estaba casado y tenía dos hijos, estudiantes del instituto Infanta Isabel de Aragón de Barcelona. Tres días después del atentado, unos quinientos alumnos del instituto se manifestaron desde el centro educativo hasta la sede del Gobierno Militar para expresar su rechazo al asesinato del padre de sus compañeros. Vicente era natural de Barcelona y trabajaba en una empresa consignataria de buques en el puerto de Barcelona. Sus restos mortales fueron inhumados en el cementerio de Collserola.

Milanovic y la desigualdad

Carlos Rodríguez Braun.

Siempre hubo ricos y pobres, pero la distribución era más achatada antes: el ingreso medio de la Roma imperial no era muy distinto del mínimo. Vamos, que los romanos eran igualitarios sin clase media: su igualdad se cifraba en la pobreza.
Según explica Branko Milanovic, economista del Banco Mundial y profesor de la Universidad de Maryland, en The haves and the have-nots. A Brief and Idiosyncratic History of Global Inequality (Basic Books), la desigualdad entonces apenas superaba los 40 puntos del Índice Gini, lo que no se aleja mucho de la situación actual de Europa o Estados Unidos. Hablando de igualdad en la pobreza, el libro ratifica una vieja reivindicación: el socialismo es efectivamente igualitario, entre 6 y 7 puntos Gini más igualitario que los países capitalistas. Esto no quiere decir que el socialismo resuelva la desigualdad, sino que generaliza la miseria y cambia los motivos de la desigualdad: los ricos en las dictaduras comunistas no son los empresarios, sino los jerarcas del Partido.
En el caso de los países capitalistas desarrollados con políticas redistributivas, Milanovic cuestiona la sabiduría establecida: la redistribución no favorece a la clase media, sino a los relativamente minoritarios que entran en el proceso con rentas inferiores y que a medida que ganan más se van beneficiando menos. La clase media, supuesta razón de ser del Estado del Bienestar, es perjudicada por él. Problema: ¿por qué lo apoya? No hay una respuesta clara, quizá porque lo ve como un seguro, y está dispuesta a pagarlo aunque no se beneficie de él directamente. Quizá sea por el peso ideológico del Estado redistributivo, que nadie se atreve a cuestionar.
Al revés de lo que se nos ha contado, los países pobres son cada vez menos pobres. La globalización, asimismo, ha venido con otras paradojas, como que los movimientos de capital financiero y de capital humano van desde los países más pobres a los más ricos, al revés que en la ola globalizadora decimonónica. Con la tecnología también pasa algo nuevo y extraño: antes se suponía que los países pobres tenían ventajas porque podían aprovechar la tecnología, copiándola sin tener que inventarla, pero ahora con la protección mayor de la propiedad intelectual, ya no es tan así. Además, la tecnología ha dejado de ser vista sólo como algo exógeno, que llega, se copia o se compra, sino que es endógena, es decir, proviene de un determinado contexto institucional y cultural que crea un ambiente propicio para ella: de ahí la histeria de los políticos con sus “modelos de crecimiento”, que aspiran a reproducir las condiciones que han dado lugar a los avances tecnológicos.
El pensamiento antiliberal, cuando no pudo colar el camelo de que el capitalismo empobrecía a los trabajadores, se inventó la teoría de que el proletariado no es una clase sino un lugar: el Tercer Mundo (el mismo razonamiento lo aplicaron a las mujeres, el medio ambiente, etc.). Fue otro bulo, porque la desigualdad no ha aumentado en el mundo en las últimas décadas.

Visual 47

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Born This Way? Nature, nurture, narratives, and the making of our political personalities

Jonathan Haidt.

As a nation, we’ve made great strides overcoming our differences. North vs. South, Catholic vs. Protestant, black vs. white. These divisions once brought forth extraordinary animosity. Even male vs. female had its day in the sun, for those of us old enough to remember the absurd 1973 tennis match between Bobby Riggs and Billie Jean King. Those differences have not disappeared, but the urgency and rancor has faded.

There is one difference, however, that is widening into a chasm and threatening to split the nation into two dysfunctional halves: left vs. right. Voters themselves have spread out only a bit in the last 10 years: Gallup reports a decline in the number of people calling themselves centrists or moderates (from 40 percent in 2000 to 36 percent in 2011), a slight rise in the number of conservatives (from 38 percent to 41 percent), and a slight rise in the number of liberals (from 19 percent to 21 percent).

But the political class, the political parties, and the media have completely changed their game since the 1980s. Politics used to be hardball: very competitive, but at the end of the day, Ronald Reagan and Tip O’Neill could meet for a drink and a private conversation. Congressmen and senators had the sense that they all belonged to a grand institution. They had enough in common, and enough friends across the aisle, that they could work together on solving the nation’s biggest challenges, from facing down the Soviets to dismantling Jim Crow.

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L'Estartit, Callella de Palafrugell y Llafranc

Fotógrafa: María Jesús Martín Villar.