El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl


Actualización, 18 de abril de 2018:

Otra relectura del libro. ¡Qué difícil es darse cuenta de que nos están acorralando y estamos entrando en una situación peligrosa! Muchos mantuvieron las esperanzas de que todo iría a mejor pero la situación no hacía más que empeorar hasta su temprana muerte. El libro es una muestra sobre la lucha por la supervivencia del ser humano y la esperanza que mantiene a las personas vivas.

La dureza del ser humano es tremenda; en el caso de los campos de concentración había poca comida, pasaban frío, mucha violencia contra los prisioneros, amenazas de muerte, familia de la que no tenían noticia, y que presumiblemente sabían que había muerto, pero sobrevivieron. Al menos algunos. Todo este sufrimiento acompañado por la apreciación por lo cotidiano y lo deseado: comida, cigarrillos, agua caliente, y otros.

El autor relata como un día, en medio de los trabajos forzados, pensó sobre el amor que sentía por su mujer que se extendía más allá de lo físico y más allá de la muerte. 
"Al cabo de unos minutos reanudamos el trabajo en la zanja, donde lo dejamos el día anterior. La tierra helada se resquebrajaba bajo la punta del pico, despidiendo chispas. Los hombres permanecían silenciosos, con el cerebro entumecido. Mi mente se aferraba aún a la imagen de mi mujer. Un pensamiento me asaltó: ni siquiera sabía si ella vivía aún. Sólo sabía una cosa, algo que para entonces ya había aprendido bien: que el amor trasciende la persona física del ser amado y encuentra su significado más profundo en su propio espíritu, en su yo íntimo. Que esté o no presente, y aun siquiera que continúe viviendo deja de algún modo de ser importante. No sabía si mi mujer estaba viva, ni tenía medio de averiguarlo (durante todo el tiempo de reclusión no hubo contacto postal alguno con el exterior), pero para entonces ya había dejado de importarme, no necesitaba saberlo, nada podía alterar la fuerza de mi amor, de mis pensamientos o de la imagen de mi amada. Si entonces hubiera sabido que mi mujer estaba muerta, creo que hubiera seguido entregándome —insensible a tal hecho— a la contemplación de su imagen y que mi conversación mental con ella hubiera sido igualmente real y gratificante: "Ponme como sello sobre tu corazón... pues fuerte es el amor como la muerte". (Cantar de los Cantares, 8,6.)"
La vida interior era el refugio de casi todos, ademas de poder compartir momentos en grupo relacionados con el arte y el entretenimiento: representaciones para recitar poemas, contar chistes, cantar arias, todo era bienvenido y aplaudido. 

También había momentos absolutamente locos en los que hacían preocuparse a los prisioneros por temas absolutamente secundarios dentro de una situación desesperada:
"Mientras trabajé como médico en el pabellón de los enfermos de tifus, tuve que ocupar también el puesto de jefe del mismo, lo que quería decir que ante las autoridades del campo era responsable de su limpieza (si es que se puede utilizar el término limpieza para describir aquella condición). El pretexto de la inspección a la que con frecuencia nos sometían era más con ánimo de torturarnos que por motivos de higiene. Mayor cantidad de alimentos y unas cuantas medicinas nos hubieran ayudado más, pero la única preocupación de los inspectores consistía en ver si en el centro del pasillo había una brizna de paja o si las mantas sucias, hechas andrajos e infectadas de piojos estaban bien plegadas y remetidas a los pies de los pacientes. El destino de los prisioneros no les preocupaba en absoluto. Si yo me presentaba marcialmente con mi rapada cabeza descubierta y chocando los talones informaba: "Barracón número VI/9; 52 pacientes, dos enfermeros ayudantes y un médico", se sentían satisfechos. A renglón seguido se marchaban. Pero hasta que llegaban —solían anunciar su visita con muchas horas de antelación y muchas veces ni siquiera venían— me veía obligado a mantener bien estiradas las mantas, a recoger todas las motas de paja que caían de las literas y a gritar a los pobres diablos que se revolvían en sus catres, amenazando con desbaratar mis esfuerzos para conseguir la limpieza y pulcritud requeridas. La apatía crecía sobre todo entre los pacientes febriles, de suerte que no reaccionaban a nada si no se les gritaba. A veces fallaban incluso los gritos y ello exigía un tremendo esfuerzo de autocontrol para no golpearlos. La propia irritabilidad personal adquiría proporciones inauditas cuando chocaba con la apatía de otro, especialmente en los casos de peligro (por ejemplo, cuando se avecinaba una inspección) que tenían su origen en ella."
La medida del tiempo era curiosa; el día a día que les hacía sufrir era un tiempo lento, mientra que el que recordaban y ya no sentían (semana a semana) pasaba rápido:
"También los prisioneros sufrían de esta extraña "experiencia del tiempo". En el campo, una unidad de tiempo pequeña, un día, por ejemplo, repleto de continuas torturas y de fatiga, parecía no tener fin, mientras que una unidad de tiempo mayor, quizás una semana, parecía transcurrir con mucha rapidez. Mis camaradas concordaron conmigo cuando dije que en el campo el día duraba más que la semana. ¡Cuan paradójica era nuestra experiencia del tiempo! A este respecto me viene el recuerdo de La Montaña Mágica, de Thomas Mann, que contiene unas cuantas observaciones psicológicas muy atinadas. Mann estudia la evolución espiritual de personas que están en condiciones psicológicas semejantes; es decir, los enfermos de tuberculosis en un sanatorio, quienes tampoco conocen la fecha en que les darán de alta; experimentan una existencia similar, sin ningún futuro, sin ninguna meta.  
Uno de los prisioneros, que a su llegada marchaba en una larga columna de nuevos reclusos desde la estación al campo, me dijo más tarde que había sentido como si estuviera desfilando en su propio funeral. Le parecía que su vida no tenía ya futuro y contemplaba todo como algo que ya había pasado, como si ya estuviera muerto. Este sentimiento de falta de vida, de un "cadáver viviente" se intensificaba por otras causas. Mientras que, en cuanto al tiempo, lo que se experimentaba de forma más aguda era la duración ilimitada del período de reclusión, en cuanto al espacio eran los estrechos límites de la prisión. Todo lo que estuviera al otro lado de la alambrada se antojaba remoto, fuera del alcance y, de alguna forma, irreal. Lo que sucedía afuera, la gente de allá, todo lo que era vida normal, adquiría para el prisionero un aspecto fantasmal."
La esperanza en el futuro era fundamental para la supervivencia:
"Las palabras de Nietzsche: "Quien tiene algo por qué vivir, es capaz de soportar cualquier cómo" pudieran ser la motivación que guía todas las acciones psicoterapéuticas y psicohigiénicas con respecto a los prisioneros. Siempre que se presentaba la oportunidad, era preciso inculcarles un porque —una meta— de su vivir, a fin de endurecerles para soportar el terrible como de su existencia. Desgraciado de aquel que no viera ningún sentido en su vida, ninguna meta, ninguna intencionalidad y, por tanto, ninguna finalidad en vivirla, ése estaba perdido. La respuesta típica que solía dar este hombre a cualquier razonamiento que tratara de animarle, era: "Ya no espero nada de la vida." ¿Qué respuesta podemos dar a estas palabras?"
Sin alegría tras la liberación pero sí con hambre:
"El cuerpo tiene menos inhibiciones que la mente, así que desde el primer momento hizo buen uso de la libertad recién adquirida y empezó a comer vorazmente, durante horas y días enteros, incluso en mitad de la noche. Sorprende pensar las ingentes cantidades que se pueden comer. Y cuando a uno de los prisioneros le invitaba algún granjero de la vecindad, comía y comía y bebía café, lo cual le soltaba la lengua y entonces hablaba y hablaba horas enteras. La presión que durante años había oprimido su mente desaparecía al fin. Oyéndole hablar se tenía la impresión de que tenía que hablar, de que su deseo de hablar era irresistible. Supe de personas que habían sufrido una presión muy intensa durante un corto período de tiempo (por ejemplo pasar un interrogatorio de la Gestapo) y experimentaron idénticas reacciones."
El peligro en liberar la tensión de golpe:
"El camino que partía de la aguda tensión espiritual de los últimos días pasados en el campo (de la guerra de nervios a la paz mental) no estaba exento de obstáculos. Sería un error pensar que el prisionero liberado no tenía ya necesidad de ningún cuidado. Debemos considerar que un hombre que ha vivido bajo una presión mental tan tremenda y durante tanto tiempo, corre también peligro después de la liberación, sobre todo habiendo cesado la tensión tan de repente. Dicho peligro (desde el punto de vista de la higiene psicológica) es la contrapartida psicológica de la aeroembolia. Lo mismo que la salud física de los que trabajan en cámaras de inmersión correría peligro si, de repente, abandonaran la cámara (donde se encuentran bajo una tremenda presión atmosférica), así también el hombre que ha sido liberado repentinamente de la presión espiritual puede sufrir daño en su salud psíquica."
Termino con la siguiente frase que deberíamos tener presente a diario: “Ningún poder en la tierra podrá arrancarte lo que has vivido.”


Comentario del 13 de junio de 2016:

Un excelente libro para que lean los que dicen que Europa está en un mal momento o que se sufre mucho. No se lo crean, hay gente que lo pasa muy mal, pero cada vez son menos, y cada vez somos más los que vivimos muy bien. Además, la violencia se ha reducido de manera significativa, y ojalá dure mucho tiempo.

Es la segunda vez que leo este duro libro de Viktor Frakl en el que narra su experiencia en distintos campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. El autor era siquiatra y analizó cómo y por qué sobrevivieron algunos a esa experiencia. El libro se puede resumir con la siguiente frase: “Ante una situación anormal, la reacción anormal constituye una conducta normal”.

Hay afirmaciones demoledoras, como cuando explica que para sobrevivir era necesario “recurrir a cualquier medio, fuera honrado o de otro tipo, incluidos la fuerza bruta, el robo, la traición o lo que fuera con tal de salvarse”.

El autor divide en tres fases la experiencia de las personas que sufrieron en campos de concentración: el internamiento, la vida en el campo, y después de la liberación.

El internamiento

Al llegar al campo de concentración todos tenían la esperanza de que pronto serían liberados, lamentablemente el 90 %, aproximadamente, murió a las pocas horas de su ingreso al campo. También pensaban que podrían conservar algunas de sus pertenencias, incluidas joyas, pero la realidad es que les dejaban sin nada y a la mayoría incluso sin vida.

El autor se sorprendió como doctor de que ni la falta de sueño ni de higiene suponían un problema grave para la salud. El tema del sexo tampoco era un problema: “el deseo sexual brillaba por su ausencia”.

La vida en el campo

La segunda de las fases comenzaba con una especie de muerte emocional. Los internos ya no sentían ni asco, ni piedad, ni horror. La imagen de un muchacho de 12 años al que un médico le arrancaba los dedos de los pies (ya negros muñones) con tenazas, no despertaba ningún sentimiento. También se comprobaba en la actitud de los prisioneros al lanzarse a por las pertenencias de los recién muertos: su comida, sus zapatos, su abrigo, y ¡hasta un trozo de cuerda! Esta insensibilidad era positiva a la hora de aguantar los golpes diarios, y casi continuos. Esos golpes dolían físicamente pero era peor “la agonía mental causada por la injusticia, por lo irracional de todo aquello”.

Tanto la imaginación como el humor ayudaron mucho a soportar las duras condiciones de vida. La imaginación alimentaba la vida interior de los prisioneros, incluso facilitando una mayor sensibilidad por la naturaleza y el arte; el humor proporcionaba “el distanciamiento necesario para sobreponerse a cualquier situación”.

Llegar a un campo de concentración en el que no se asesinaba en las cámaras de gas, porque no existían, era celebrado jubilosamente por los prisioneros, ya que para ser asesinados deberían “esperar hasta que se dispusiera lo que se llamaba un ‘convoy de enfermos’ que lo[s] devolvería a Auschwitz”. Lo anterior demuestra que “el ‘tamaño’ del sufrimiento humano es absolutamente relativo, de lo que se deduce que la cosa más nimia puede originar las mayores alegrías”.

Es fácil juzgar desde fuera la actitud de las personas que sufrieron y que estuvieron expuestos a situaciones límite. El autor se pregunta: “¿Quién puede arrojar la primera piedra contra aquel que favorece a sus amigos bajo unas circunstancias en que, tarde o temprano, la cuestión que se dilucidaba era de vida o muerte? Nadie puede juzgar, nadie, a menos que con toda honestidad pueda contestar que en una situación similar no hubiera hecho lo mismo”.

Incluso en medio de una situación tan devastadora, el autor afirma: “algunas de las horas más idílicas que he pasado en mi vida ocurrieron en medio de la noche cuando todos los demás deliraban o dormían y yo podía extenderme frente a la estufa y asar unas cuantas patatas robadas en un fuego alimentado con el carbón que sustraíamos”. ¿Qué tipo de mecanismos se desatan en nuestra mente para permitir que sucedan esos momentos de paz rodeados de un infierno? Igual en sentido contrario, ¿cómo teniéndolo todo muchas personas se mueren de pena por situaciones aparentemente insignificantes? ¿Cómo y por qué hemos evolucionado de esa manera?

¿Qué es lo que no nos pueden arrebatar? La actitud ante la vida. Igual que hubo hombres cuyo comportamiento fue brutal, hubo otros buenos, “hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino”.

Según el autor “es esta libertad espiritual, que no se nos puede arrebatar, lo que hace que la vida tenga sentido y propósito”. Y añade: “¿Tiene algún sentido todo este sufrimiento, todas estas muertes? Si carecen de sentido, entonces tampoco lo tiene sobrevivir al internamiento. Una vida cuyo último y único sentido consistiera en superarla o sucumbir, una vida, por tanto, cuyo sentido dependiera, en última instancia, de la casualidad no merecería en absoluto la pena de ser vivida”. Para mí la vida carece de sentido. Somos polvo de estrellas, somos fruto del azar, no hay dios, y ni antes de nacer ni después de morir existimos. La libertad espiritual sobre la que escribe Frankl es lo que hace divertida la vida. Incluso puede que todo un engaño de la mente y no exista ese libre albedrío, sino que estemos predestinados a actuar como actuamos, pero sigue siendo divertido porque el engaño es total.

Me resulta curioso que “todos los que pasaron por la experiencia de un campo de concentración concuerdan en señalar que la influencia más deprimente de todas era que el recluso no supiera cuánto tiempo iba a durar su encarcelamiento”. De hecho, el autor explica como muchos murieron cuando al llegar una fecha determinada en la que pensaban que serían liberados esto no sucedía.

Si fuéramos conscientes del futuro o no tuviéramos esperanzas en él, ¿sería posible vivir? Frankl afirma que no, que “el hombre tiene la peculiaridad de que no puede vivir si no mira al futuro”. Cuando un prisionero “perdía la fe en el futuro —en su futuro— estaba condenado”; “se abandonaba y decaía y se convertía en el sujeto del aniquilamiento físico y mental”. La muerte era segura.

La conclusión es que “hay dos razas de hombres en el mundo y nada más que dos: la ‘raza’ de los hombres decentes y la raza de los indecentes. Ambas se encuentran en todas partes y en todas las capas sociales”. Ejemplifica lo anterior, de manera positiva, el caso de un comandante de las SS que tuvo un buen comportamiento con los prisioneros y algunos de éstos lo protegieron y ayudaron al acabar la guerra, y de manera negativa, el caso de prisioneros que golpeaban sin piedad a sus compañeros.

Después de la liberación

La última de las fases por las que pasaban los prisioneros suponía un fuerte choque mental, ya que “el cuerpo tiene menos inhibiciones que la mente” y se recupera más rápido.

Muchos se envilecían tras la liberación y “pensaban que podían hacer uso de su libertad licenciosamente y sin sujetarse a ninguna norma”. Pasando de oprimidos a opresores. Afirma Frankl que “sólo muy lentamente se podía devolver a aquellos hombres a la verdad lisa y llana de que nadie tenía derecho a obrar mal, ni aun cuando a él le hubieran hecho daño”. No lo explica claramente en el libro, pero yo me pregunto, ¿es justa la venganza contra alguien que te ha causado un dolor? Es fácil hablar desde casa leyendo un libro, pero imaginemos que alguien nos ha tenido tres años de nuestra vida tratándonos a golpes, ¿qué haríamos si al día siguiente se revierte la situación y nosotros podemos hacer lo que queramos con él?

Demoledor lo que descubrieron muchos tras la liberación; a algunos nadie los esperaba. No esperaban encontrar la felicidad, pero tampoco estaban preparados para la infelicidad.

Termino mi comentario con una referencia al factor suerte. La vida es suerte en su mayor parte. El autor se salvó de morir en un par de ocasiones en que sus decisiones, que en el momento de tomarlas parecían condenarlo, le hicieron sobrevivir, mientras que lo contrario lo hubiera condenado a una muerte segura.

¿Tiene límites la libertad de expresión? Respuesta corta: no, de Miguel Ángel Quintana Paz

"En suma: cuando usamos el lenguaje para “hacer cosas”, naturalmente muchas de esas cosas que se hacen podrían ser ilegales o incluso punibles. Pero ello no afecta en modo alguno al derecho a usar el lenguaje para expresar opiniones, que debe permanecer ilimitado. Incluso aunque esas opiniones creen luego reacciones de ofensa en la gente: esas reacciones son ya cosa del ofendido (la prueba es que unos se ofenderá y otros no), no es la acción concreta que realizó el que meramente opinó."